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La valorización del capital intelectual

Autor: 
Dr. Mario Kutnowski
Director de Recursos Humanos de KPMG
¿Cómo es posible la transparencia en el gobierno de las corporaciones si no contamos con criterios y metodologías que nos permitan contabilizar con solvencia técnica sus activos más valiosos?
I. En el Financial Times del primero de junio del año 2000 puede leerse la siguiente noticia: Lucent Technologies adquiere en cuatro mil quinientos millones de dólares una compañia israelí denominada Chromatis, que tiene sólo ciento sesenta empleados y cuyo principal producto se denomina Metrópolis y no ha salido todavía a la venta. Comparada con sus competidores, Metrópolis promete reemplazar por fibra óptica las redes urbanas tradicionales de comunicaciones con un ahorro del cincuenta por ciento en los costos. La tasa de crecimiento de este mercado se estimaba entonces en un sesenta por ciento cada año.

En el diario La Nación del 23 de abril de 2001, en plena crisis del mercado de acciones tecnológicas, se informa que Robson Walton, dueño de Wal-Mart, es el hombre más rico del mundo, con un patrimonio personal de setenta mil millones de dólares. Siguen luego Bill Gates con cincuenta y nueve mil millones, Larry Ellison (fundador de Oracle), el rey Fahd de Arabia Saudita, el inversionista Warren Buffet, y Paul Allen (número dos de Microsoft).

Hace algún tiempo el Ministerio de Comercio Internacional del Japón publicó un libro denominado "La visión de los años noventa", en el cual es incluye una lista de las industrias que se supone serán las más exitosas en el futuro, pagarán los mejores salarios y obtendrán las mayores ganancias. Ellas son: microelectrónica, biotecnología, telecomunicaciones, robótica, software y hardware. Ningun sector de recursos naturales está incluído.

La violenta caída que se observa hoy en los valores de mercado de las empresas de la Nueva Economía, que tienen derechos de propiedad intelectual como sus activos principales, ha sido denominada "derrumbe" por Paul Krugman. Este pensador venía alertando acerca del fuerte componente especulativo en el comportamiento de los mercados financieros, que conformaba una burbuja irreal, inestable y riesgosa para el ahorro público. Por su parte, Alvin Toffler señala que la debacle generalizada de estos meses hace recordar la fiebre de los tulipanes en Holanda o la depresión de los años treinta: la crisis es un elemento intrínseco del capitalismo, que avanza con prosperidades y depresiones recurrentes.

Dicho de otro modo y más allá de sus fracasos coyunturales, el protagonismo del conocimiento, el advenimiento de una economía basada en el intelecto humano, es una realidad fundamental e irreversible. Tanto la denominada Nueva Economía como la reconfiguración inteligente de los sectores que no la constituyen, por ejemplo el supermercadismo al que pertenece Wall-Mart, representan el acontecimiento esencial del fin de siglo.

Nos proponemos aportar elementos de juicio para la determinación del valor del capital intelectual. Suponemos que es indispensable para ello especificar ante todo cuáles son sus elementos componentes y su dinámica interior, y además las características del universo histórico en que se constituye y se desarrolla.

Señalamos en este contexto tres puntos distintivos. Primero, el crecimiento de la economía mundial ha disminuído al sesenta por ciento de lo que era un par de décadas atrás; segundo, la inflación se ha empequeñecido o ha desaparecido en todos los países relevantes; tercero, las disparidades en la distribución del ingreso personal tienden a ser las mayores en los últimos cincuenta o sesenta años. En suma, el capital intelectual se expande y se diversifica en un mundo relativamente deflacionario y cada vez más injusto.



II. Además, este contexto se ha globalizado de manera irreversible. La infraestructura de telecomunicaciones y el desarrollo de la informática permiten tomar decisiones de negocios en tiempo real y a escala global. Se fortalecen las redes mundiales de actividad y los grupos virtuales e interdisciplinarios. Múltiples operadores se relacionan de manera concurrente para atacar un problema, y actuan como un megaprocesador infinitamente más poderoso que cualquier mente individual.

La tecnología posibilita el surgimiento de una economía basada en la interconexión del conocimiento y de la inteligencia humana. Las empresas pueden contratar a individuos que viven a miles de kilómetros de distancia, para que agreguen valor en una red de abastecimientos, producción y distribución. Y al mismo tiempo que crecen los niveles de educación que se exigen para ingresar en el mundo del trabajo, el lugar donde las personas capaces de conseguir empleo están ubicadas geográficamente cada vez influye menos en la determinación de sus salarios.

Ahora las empresas compiten siempre con las mejores del mundo, porque las grandes inversiones que exigen los proyectos requieren clientes en todo el planeta para alcanzar rendimientos adecuados. El capitalismo coexiste con las más diversas sociedades y culturas, y exige un marco jurídico que diluya las fronteras provinciales, nacionales e internacionales, y posibilite transacciones seguras sin que importe donde residen los compradores y los vendedores.

Una masa enorme de dinero contante y sonante se desplaza por el planeta a la velocidad de la luz. Las transacciones financieras representan cien veces más que las exportaciones del mundo, y relativamente pocas instituciones controlan las inversiones de capital y los principales proyectos. Los estados nacionales estan a la defensiva, y deben diseñar sus políticas para evitar que el dinero se marche transitoria o definitivamente.

La economía de Internet promete mil millones de usuarios y cinco millones de sitios en poco tiempo, aunque en 1993 existían sólo tres millones de computadoras personales. En la actualidad más de la mitad de las compañías en el mundo venden productos y servicios por Internet.

El comercio electrónico plantea severos desafíos para los sistemas impositivos, en tanto emergen negocios muy descentralizados, con desarrollo desde las bases hacia los altos niveles, compradores y vendedores anónimos e infinitas transacciones pequeñas que no se pueden asociar con domicilios definidos. También en este punto los estados nacionales estan a la defensiva.

La interdependencia de las economías y el cambio acelerado generan una volatilidad sin precedentes y la emergencia de riesgos poco conocidos. En este marco se multiplican las consecuencias de la administración ineficiente, y se requieren nuevas metodologías para prevenir debacles corporativas, colapsos sin advertencia previa y quebrantos considerables para los accionistas, los proveedores, los clientes, los trabajadores, el gobierno, es decir, para los países en su conjunto.

Un ejemplo es el riesgo informático. Los servicios, el tráfico y la interconexión de las redes crecen en forma exponencial y propician una incertidumbre también exponencial. Si los procesos son inadecuados se potencian las posibilidades de error de los operadores, y el desorden se expande en forma electrónica. Al mismo tiempo se multiplican transgresiones y delitos de una nueva naturaleza.


III. La realidad de nuestro tiempo exige a las empresas capacidad intelectual e imaginación para diseñar productos, servicios o sectores enteros de actividad mucho antes de que existan efectivamente, y de ese modo hacerlos nacer. Así se establecen un desajuste estructural entre los recursos actuales y las ambiciones, y una inestabilidad muy intensa. La eficacia y la eficiencia relacionan la asignación de los medios disponibles en el presente con los puntos de vista establecidos acerca del futuro.

En el primer mundo las empresas suelen lanzar al mercado al menos un producto por día, muchos de ellos de vida efímera. El elenco de una compañía de clase mundial representa miles o decenas de miles de productos o servicios. Para ello es preciso desarrollar mucho antes habilidades específicas o nuevas combinaciones de las habilidades existentes. Las compañías monitorean la participación de los diseños flamantes en el total de las ventas, y procuran reducir los tiempos que transcurren desde la insinuación inicial hasta la primera entrega.

En tanto la globalización exige además volúmenes masivos, existe una tendencia natural hacia la transformación en commodities de todos los productos y servicios. Transitamos un itinerario aleatorio en procura de crear un matiz diferencial que se tratará de romper al poco tiempo. Tanto los bienes finales como los insumos industriales aparecen efímeros e incomprensibles para el público, y por ello la marca y la organización tienen cada vez mayor vigencia.

En el diario Clarin del 13 de mayo de 2001 se informa que la consultora internacional Interbrand señala que la marca "Coca-Cola" tenía a fines del año 2000 un valor de mercado de setenta y ocho mil millones de dólares, que es un monto mayor que el valor conjunto de todas sus plantas embotelladoras.

Entonces la competencia no es tanto entre productos o negocios sino entre empresas y marcas. Y como se construyen sin cesar alianzas estratégicas perdurables o transitorias que combinan la pericia funcional con los beneficios de los procesos integrados, la competencia es también una batalla entre coaliciones de empresas, que a veces se solapan.

La tecnología consolida estas coaliciones porque permite compartir información y disminuír los errores de coordinación. Se pueden concretar diseños en conjunto, calendarios de producción vinculados o transacciones electrónicas entre los participantes. Además de unificar estrategias, las empresas intercambian recursos humanos, equipos, procedimientos, plataformas informáticas y bases de datos. Muchas veces grupos o sectores enteros de una compañía se instalan temporaria o definitivamente en el interior de otras. La individualidad de cada integrante siempre se modifica profundamente.

La captura, convalidación e implementación de ideas propias y ajenas representa la prioridad esencial. También la presencia útil de exigencias irrazonables de crecimiento. Es muy costoso oponer barreras al libre fluir de la inteligencia y la imaginación, y por ende los límites de una empresa o un mercado se construyen permeables y fluídos. Las mejores ideas suelen hallarse en el exterior, y es preciso ejercitar un management internegocios.


IV. El protagonista es el trabajador del conocimiento, que funciona como una unidad de negocios relativamente autónoma. En términos arquetípicos, es una persona autosustentable que dispone de habilidades y aptitudes emocionales muy calificadas. Entrenada para aprender, olvidar e innovar de manera estratégica, su comportamiento es flexible y polivalente. Puede asumir con eficiencia situaciones de incertidumbre, reconversión radical y ruptura. Además del pensamiento crítico, su habilidad más crucial es la formulación de conexiones creativas, tanto conceptuales como interpersonales e interdisciplinarias.

Las estructuras organizacionales se modifican profundamente, para posicionarse muy lejos de las antigüas jerarquías. Existe una organización de base, pero tiene el formato de una gran malla de relaciones con límites imprecisos, que contiene a todos los niveles y todas las funciones.

Las corporaciones se desagregan en moléculas e individuos, que se reúnen en equipos o se movilizan en forma más libre todavía. La capacidad y la necesidad de generar nuevas relaciones se incrementa. Se consolidan compatibilidades y consensos entre moléculas de distintas empresas, y ciertas moléculas pueden diferenciarse hasta el extremo de volverse irreconocibles para su estructura madre. Algunos visionarios anticipan que en un futuro cercano desaparecerá el formato tradicional de los negocios, y la actividad económica quedará a cargo de conjuntos dinámicos e inestables de moléculas e individuos.

La tecnología ha hecho crecer el número de personas que realizan funciones analíticas, y los trabajadores del conocimiento estan muy activos también en los niveles más operativos de las empresas.

Emergen nuevos desafíos. Convertir el conocimiento en valor económico. Identificar factores críticos para configurar un contexto capaz de crear, desarrollar y retener capital humano, y promover el compromiso humano. Administrar de manera efectiva visiones y enfoques divergentes, con una percepción apropiada de la lógica interna de las colisiones. Promover la efectividad en grupos de trabajo virtuales, con el reconocimiento previo de las raíces culturales y la diversidad cultural que les corresponde. Comprender y administrar los componentes irracionales de psicología profunda que subyacen en el liderazgo, el trabajo en equipo o la toma de decisiones. Inducir el crecimiento sustentable de los negocios a través de la intersección eficiente entre la vocación de emprender y los mecanismos de compensación y recompensa.



V. En simultáneo con las realidades anteriores, y tal vez en consonancia con ellas, la participación de los inversores institucionales en la propiedad del capital de las corporaciones se ha incrementado dramáticamente. En los Estados Unidos creció desde el veintitrés por ciento en 1955 al treinta y tres por ciento en 1980, el cincuenta y tres por ciento en 1990 y más del sesenta por ciento en 1995. Los fondos de pensión aumentaron su participación desde el ocho por mil en 1950 al treinta por ciento en 1995.

Los inversores institucionales son ahora los accionistas con mayor poder en el mundo desarrollado y también en los países emergentes. Cualquiera de estas entidades es propietaria de una participación en el capital de las corporaciones mucho mayor que la correspondiente al inversor individual más importante.

Estos cambios modifican de un modo sustancial las relaciones entre las cúspides gerenciales y los accionistas. Con toda lógica, los altos directivos privilegian su propia estabilidad y seguridad de corto plazo, y cierta aversión al riesgo. Esta conducta era muy apropiada hasta hace veinte años.

Entonces la presión competitiva era menor, las estructuras eran jerárquicas y centralizadas, los productos y servicios tenían un ciclo de vida largo y los costos de fabricación eran preponderantes. La clave del éxito consistía en insertar la mejor tecnología disponible en un dispositivo eficiente de producción en masa de artículos o servicios tan estandarizados como fuera posible.

Se contaba con procedimientos muy precisos para asignar materiales y mano de obra directa. Los gastos generales eran poco significativos, y se absorbían a través de algún referente genérico: tiempos de máquinas, salarios pagados, número de unidades fabricadas. Las distorsiones que podían originarse no perjudicaban la competitividad de las empresas porque todas actuaban del mismo modo.

La configuración de los negocios y la inexistencia de accionistas poderosos permitían a los altos directivos informar acerca de su gestión sólo a través de los balances periódicos. La tarea de los auditores externos consistía en autenticar los estados contables, verificar el funcionamiento de los sistemas de control interno y evaluar el nivel de cumplimiento de las regulaciones existentes. De todos modos, el accionista disconforme siempre podía vender su participación, aunque muchas veces las cotizaciones tuvieran más relación con variables macroeconómicas que con el desempeño de la compañía. Por todo lo anterior solía afirmarse que aunque en teoría los directores eran responsables frente a los accionistas, en la práctica respondían sólo ante sí mismos.

Con la irrupción de los inversores institucionales este cuadro se altera de un modo dramático. Sus representantes pueden y exigen trabajar en conjunto con los altos directivos de las empresas. Tal vez de este modo los ajustes necesarios se llevarán a cabo en tiempos más oportunos y en forma menos dolorosa. Es posible además asumir una perspectiva compartida de mediano y largo plazo que debe incluír un reconocimiento esencial: la prosperidad y el ejercicio legítimo del poder dependen en el fin del siglo de un disposición inteligente para asumir riesgos.

Peter Drucker propone una "auditoría del negocio" para satisfacer las crecientes demandas por una mayor transparencia en el gobierno de las corporaciones. Los accionistas requieren información acerca de los resultados financieros y operativos, pero también acerca de las políticas y objetivos de la compañía, su posicionamiento frente al riesgo estratégico y sus proyecciones para el mediano y largo plazo.

En el mismo sentido, el informe de Lord Cadbury en el Reino Unido señala que una debilidad básica es la existencia de distintos tratamientos contables situados todos dentro de la ley e igualmente aplicables al mismo hecho económico. Además, en los negocios de nuestro tiempo las palabras pueden ser más importantes que los números. Cualquier barrera al flujo de la información relevante representa una distorsión en el mercado y no contribuye al bienestar general. Tal vez una de las mejores promesas de Internet es un mayor involucramiento del público en el gobierno de las grandes compañías.

Estas nuevas perspectivas estan ya establecidas de manera sólida y consistente en el mundo desarrollado y los países emergentes. En Argentina se encuentra en pleno proceso de elaboración una "ley de transparencia y de mejores prácticas para el gobierno de las sociedades", que resulta imprescindible para insertar al país en la realidad contemporánea.


VI. La contabilidad tradicional es un modelo financiero desarrollado para empresas de la era industrial, que mide los hechos del pasado. Durante siglos pudo guiar razonablemente las acciones de los directivos porque los acontecimientos sucedían en un contexto económico y social de cambios paulatinos y moderada complejidad. Era viable presumir que el futuro próximo sería muy similar a un tiempo presente que no se había diferenciado demasiado del pasado inmediato. Una extrapolación simple de los guarismos disponibles podía orientar razonablemente en los negocios.

Hemos visto que los hechos suceden ahora de un modo muy diferente. Los atributos que predominan son el cambio frenético, la innovación incesante en productos, servicios y procesos, la discontinuidad de los cursos de acción. Como siempre, la necesidad de sobrevivir determina la arquitectura de las estrategias, y en los negocios de nuestro tiempo un supuesto que subyace es la ruptura con el pasado y el presente. Plantear objetivos irrazonables de crecimiento requiere imaginar un futuro específico antes que los competidores, y relativizar la extrapolación del desempeño actual.

Se entiende entonces que resulte esencial la administración profesional del riesgo, que debiera posicionar a las empresas en un espacio de control respecto de sus incertidumbres. En lugar de predecir o reaccionar, los directivos deben anticiparse y crear el cambio. El riesgo es el nuevo motor de la prosperidad y el crecimiento. Exige evolucionar en los supuestos básicos, desde un poder basado en el control y las jerarquías, hacia una autoridad contingente que se ejercita en mercados cambiantes y vertiginosos.

En consonancia con lo anterior, los inversores potenciales deciden a partir de la tasa proyectada de rendimientos, es decir, el valor actual de los flujos futuros de fondos. Por ello asumen más protagonismo los proyectos de una compañía que los indicadores del presente. Aunque el análisis del pasado todavía resulta útil su importancia relativa ha disminuído considerablemente.


VII. En general las compañías han privilegiado las mediciones de su actuación financiera en el corto plazo, priorizando las reducciones de costos y las utilidades contables. Este hecho obedecía a diversas razones y algunas fueron ya mencionadas. La información se destinaba principalmente a los altos directivos. La configuración de las sociedades y los mercados favorecía este temperamento porque la producción en masa de artículos estandarizados puede monitorearse razonablemente con mediciones elementales.

Incluso corporaciones con estrategias avanzadas referidas al personal o los clientes sólo medían su actuación con indicadores financieros. Los recursos informáticos disponibles encarecían cualquier deseo de precisión adicional, y se favorecían aquellas formas de inversión con rendimientos de corto plazo y mensurables con mayor facilidad.

Sin embargo, una organización que cuenta con mediciones limitadas sólo a su actuación financiera tiene menor capacidad para crear valor económico en el futuro. Aunque los objetivos últimos son siempre los resultados financieros, es preciso superar la miopía y la distorsión que derivan de un enfoque excluyente y además de corto plazo.

Un alto rendimiento sobre las inversiones puede coexistir con un bajo potencial de crecimiento futuro. Pueden recortarse las partidas para el desarrollo de recursos humanos, o explotar a los clientes a través de precios injustos o un menor servicio. Los informes financieros tradicionales no monitorean en forma eficiente las decisiones de largo alcance, y permiten que se opere en forma ineficaz cuando los ingresos a corto plazo son satisfactorios.



VIII. Finalmente, y en consonancia con el desarrollo que antecede, ha resultado hasta ahora muy dificultoso valorizar en su justa medida los activos intangibles de una empresa. Hasta hace pocos años se privilegiaban el pasado y el rendimiento financiero de corto plazo, y el empleo de la información resultante consolidaba una situación de predominio relativo de los altos directivos de las corporaciones. Las dificultades técnicas para medir el valor de los activos intangibles completaban el cuadro y sepultaban cualquier iniciativa.

Sin embargo, este valor es innegable y se vuelve cada vez más significativo. Hemos incluído ya varios ejemplos y podemos señalar otros. Hoy los costos de fabricación son menos importantes que los costos indirectos, tales como investigación y desarrollo, logística o comercialización. Una investigación del Instituto Tecnológico de Massachusetts llevada a cabo a fines de los años noventa indica que los costos de comercialización ascienden al dieciseis por ciento del total de las ventas en los productos de consumo masivo en los Estados Unidos.

Un estudio de KPMG en el mismo país advierte que generar un cliente nuevo es diez veces más caro que retener un cliente que ya existe. Pero la lealtad de los clientes depende mucho más del desempeño de los activos intangibles que de la utilización de los activos físicos. Es preciso ofrecer al mercado productos y servicios innovadores y de alta calidad, procesos internos predictibles y sensibles, recursos humanos expertos y motivados, ciclos rápidos en los procesos de desarrollo de nuevos productos, excelentes tiempos de respuesta, bajos costos, flexibilidad, entregas puntuales y veloces, capacidad para anticiparse a las necesidades futuras. Por lo demás, estas mismas virtudes son decisivas cuando se trata de atacar nuevos mercados o nuevos segmentos de mercado.


IX. Es preciso referirnos ahora a las muy valiosas contribuciones del Profesor Robert Kaplan, de Harvard Business School. Algunos de los acápites que anteceden se inspiran en sus ideas, muy especialmente la propuesta "balanced scorecard".

Un punto de partida puede ser el señalamiento de Kaplan acerca de que suele existir un divorcio profundo entre el diseño de las estrategias corporativas y el monitoreo de su ejecución práctica. Sucede como si se tratara de mundos separados. Un grupo de altos directivos reune la información disponible y diseña el plan estratégico. La gestión del negocio sucede luego y su conexión con el plan previo es poco conocida, aleatoria e insuficiente Los informes periódicos refuerzan esta disociación, en tanto se refieren sólo al pasado, los aspectos financieros y el desempeño de los activos físicos. Si no se interfiere en su dinámica el circuito se realimenta a sí mismo.

Kaplan propone una creación colectiva de la estrategia, lo cual de ninguna manera excluye el ejercicio de un liderazgo efectivo. Cualquier objetivo estratégico esencial, por ejemplo "conseguir diez clientes nuevos en los próximos dos años que compren el mismo monto en dinero que el principal cliente actual", puede ser desagregado en componentes que a su vez pueden ser desagregados en subcomponentes. Como en una versión actualizada de la red de medios-a-fines concebida por Herbert Simon en los años cincuenta, existe aquí una conexión causal desde los espacios más elementales hacia los más complejos. Pero sigue luego una diferencia notable: para que esta red se diagrame del mejor modo posible y ningún factor relevante resulte excluído es preciso que todas las personas involucradas intervengan y verifiquen sus contenidos.

De este modo se estructura un programa de acción con metas cualitativas y cuantitativas, y causalmente relacionadas entre sí. Las unidades de medida son las mismas metas y la cuantificación surge del consenso. Por ejemplo, se conviene que el objetivo estratégico planteado en el párrafo anterior exige a cada vendedor "diez visitas de negocios semanales a clientes potenciales, cada semana en un distrito geográfico diferente a seleccionar entre los que se establecen”. Al objetivo cuantificado se lo denomina “indicador de desempeño".

La participación de todas las personas resulta también esencial para ayudar al cumplimiento del plan, por cuanto para cada subcomponente es posible verificar el nivel de los desvíos que le competen y sus consecuencias en el desempeño de la estrategia general. Al identificarse con precisión cualitativa y cuantitativa como una parte útil o decisiva del conjunto, cada trabajador consolida su involucramiento y se siente copropietario del proyecto.

Carece de importancia que existen unidades de medida muy dispares, entre las cuales también se encuentra el dinero. Tampoco interesa si los activos involucrados son intangibles o físicos. Lo que verdaderamente cuenta es la significatividad estratégica, es decir, el posicionamiento y la gravitación relativa de cada paso intermedio en el plan general. Tal vez resulte indispensable invertir tanto en activos físicos –maquinaria y equipo, edificios- como en activos intangibles –capacidades, fidelización de clientes-.
Finalmente el proceso conducirá a un resultado financiero más satisfactorio, porque los indicadores de desempeño permiten un monitoreo permanente de las etapas intermedias decisivas.

En palabras de Kaplan: "En definitiva, las dimensiones se expresan a través de veinte o veinticinco variables con las cuales se construye un grupo de correlaciones clave, que permiten inferir la trayectoria estratégica del negocio. La conversión de la estrategia en objetivos e indicadores crea un poderoso clima de aprendizaje continuo. La medición se transforma en un lenguaje que ayuda al consenso en cuestiones complejas y nebulosas. La identificación de relaciones causa-efecto permite que diversos sectores comprendan mejor su papel frente a los demás, y es posible que ideas excelentes provengan de las personas que se encuentran muy abajo en la organización".

"En tanto miden el funcionamiento en la práctica, los indicadores de desempeño favorecen el cambio en el momento oportuno, porque una estrategia establecida puede volverse súbitamente inadecuada en los entornos turbulentos de nuestro tiempo. Entonces se vuelve necesaria una nueva conducta táctica y estratégica que logre capitalizar oportunidades o contrarrestar amenazas que no eran previsibles cuando se articuló el plan inicial. Pero es esencial identificar los procesos realmente estratégicos, aquéllos que deben realizarse excepcionalmente bien para que una organización tenga éxito".

Nos parece útil advertir que, al menos hasta el momento, cualquier sistema de indicadores de desempeño está construído a la medida de una determinada organización. No existe nada parecido a un conjunto de indicadores tipo o conexiones causales características que puedan aplicarse mecánicamente a empresas diferentes y posibiliten monitorear las estrategias.

Pero se han logrado a través de las metodologías de benchmarking algunos consensos parciales, generalmente entre compañías de un mismo sector económico, respecto de la significatividad de determinados indicadores. En algunos casos estos acuerdos han posibilitado su difusión pública. Probablemente esta tendencia crezca y se consolide a medida que se incrementen las demandas por una mayor transparencia en el gobierno de las organizaciones.


X. En definitiva, los indicadores de desempeño permiten hoy atribuír significatividad estratégica a los activos intelectuales, concederles una medida para la organización y por ende también participar en la determinación del valor de mercado de una compañía. Incluso, pueden atribuírse pesos específicos o relativos a diferentes indicadores.
Sin embargo, aunque los indicadores contienen activos intelectuales subyacentes no lo son en sí mismos.

La valorización del capital intelectual implica considerables dificultades metodológicas y técnicas, pero no parece que los mercados se preocupen demasiado. Todos los días cambian de mano miles de millones de dólares en acciones, e incluso de transfieren empresas completas, siempre con su capital intelectual incluído. Además, se compran y venden activos típicamente intelectuales, tales como marcas, fórmulas o patentes. Simplemente, los inversores descuentan los flujos proyectados de fondos y determinan el precio. Hemos ejemplificado acerca de estas transacciones en los acapites que anteceden.

Pero aunque se transfieran tenencias accionarias, en sentido estricto la gran mayoría de las empresas no está en venta. Tampoco se venden en todo momento todas las patentes, marcas o fórmulas. El problema entonces sigue vigente: ¿Cómo valorizar los activos intelectuales que permanecen en el interior del negocio?.

El tema no es menor y sobrevienen dilemas inquietantes. Por ejemplo ¿cuánto se paga la participación de un socio minoritario que desea vender sus acciones si no existe cotización en bolsas? .O ¿en que medida se pueden garantizar préstamos con capital intelectual?. O más todavía ¿cómo puede existir transparencia en el gobierno de las organizaciones si no existe información pública y consistente acerca de los activos que representan sus recursos principales?.

Parece imposible que la contabilidad tradicional pueda ayudar. La movilización exitosa de los activos intangibles produce en la actualidad nuevas formas de acumulación que la contabilidad tradicional no puede valorizar. Las normas contables no autorizan por ejemplo activar inversiones en publicidad o capacitación de recursos humanos, y un cambio en esta dirección resulta impensable.

Nuestra propuesta final es seguir el ejemplo de los balances medioambientales. A partir de los años noventa muchas empresas de clase mundial emiten estos documentos, además de su contabilidad tradicional y por carriles separados. Allí detallan su comportamiento y su compromiso respecto a preservar la naturaleza y construir una economía sustentable. Los balances medioambientales suelen mencionar las inversiones efectuadas en todos los países donde se desempeña la empresa, especificando montos y características; actividades en conjunto con las autoridades; reporte acerca de incidentes y accidentes; capacitación medioambiental de empleados, proveedores y clientes; posicionamiento frente a la competencia. La empresa pionera fue Dow Chemical, pero ahora el balance medioambiental se confecciona en muchas otras compañías.

Nada impide que una empresa elabore el balance de su capital intelectual, utilizando el formato sugerido por Robert Kaplan o algún otro que se diagrame en el futuro. No debe existir una distancia importante entre la medición del desempeño y su valorización.

De hecho, algunas compañías ya confeccionan estados por separado, y la empresa aseguradora sueca Skandia es pionera. En tanto no existen regulaciones en la materia y se trata de una decisión discrecional, un balance intelectual completo y consistente puede representar una ventaja competitiva importante. Si las tendencias hacia una tecnología cada vez mas intensiva y una transparencia mayor se incrementan esta información se volverá más necesaria todavía.

Deseamos concluír parafraseando nuevamente a Lord Cadbury: un mejor flujo de información muy detallada acerca del funcionamiento de las empresas promueve una mayor creación de riqueza y contribuye a la prosperidad general.

Fecha de publicación: 03/12/01

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