Si
calidad es el cumplimiento de las especificaciones del cliente y como clientes pueden
considerarse tanto estudiantes como empleadores, calidad es cumplir los requerimientos de
estos grupos. Como indica Yorke (1992) ambas visiones son complementarias, ya que en
último término, el estudiante busca en una carrera de este tipo una mejora de su
situación económica futura, vía el acceso a un puesto de trabajo bien remunerado, y las
empresas están dispuestas a entregar esos puestos a quienes cumplen los requisitos que
éstas indican y consideran más oportunos.
En la medida en que cumpliendo un criterio ambos requerimientos se cumplen, es este
criterio el determinante. Así, podemos decir que calidad es la conformidad con las
especificaciones de los clientes, y estas especificaciones las marcan las empresas y
profesionales del área.
En la medida en que un programa o plan de estudios determinado no dé respuesta a las
especificaciones, su formación no podrá ser considerada de calidad, y es imposible dar
respuesta a unos requisitos que no se conocen. Por eso la importancia de proporcionar
información muy relevante a quienes deben programar las enseñanzas y planes de estudio
de grado y de posgrado como así también para orientar para acciones de formación
continua.
Los profesionales y académicos de la American Accounting Association se plantearon la
cuestión anterior hace tiempo, quizás apremiados por las críticas que estaba recibiendo
la formación superior en Contabilidad. Así, en 1984 comisionaron a un grupo de
profesionales y docentes, presididos por Norton Bedford para que estudiaran qué
estructura, contenido y alcance debía tener la formación de los contables. Tras casi dos
años de trabajo, el comité hizo públicas sus conclusiones en un documento conocido como
el Informe Bedford.
Lo más destacable de este documento es la convicción de que los cambios en
la sociedad y el entorno determinan que la profesión debe adaptarse para satisfacer
necesidades cambiantes, lo que supone que la formación de futuros profesionales debe
tener muy en cuenta esta característica y adaptarse a su vez. Evidentemente, una
formación exclusivamente centrada en el desarrollo y adquisición de conocimientos
técnicos es absolutamente inadecuada, debido a que:
los conocimientos
necesarios no paran de crecer, y
además evolucionan continuamente.
Así, la formación de
los futuros profesionales debía centrarse en la adquisición de conocimientos,
capacidades y valores profesionales, que aseguraran una base sólida sobre la que asentar
un proceso de formación y aprendizaje contínuos.
Estas ideas penetraron rápidamente en asociaciones profesionales, como el AICPA,
o la NAA (posteriormente denominado Institute of Management Accountants),
los cuales recogieron, al menos en parte, estas ideas y las reflejaron en sus
posicionamientos sobre formación (Informe Albers del AICPA en 1988 y el posicionamiento
en educación de la NAA, SMA Nº 1E de 1987).
En abril de 1989, la totalidad de las grandes firmas de auditoría
suscribieron un informe conjunto (Perspectives on Education) en el que ofrecían su propia
visión sobre los conocimientos y capacidades que deberían constituir el perfil
objetivo para un contable.
La coincidencia de opiniones y objetivos entre la AAA y las firmas auditoras
dieron por resultado la creación de la Comisión para el Cambio Educativo (AECC), en
1989, que hizo públicas sus criterios sobre formación en su Posicionamiento Nº 1: Objetivos
de formación para contadores.
Por último, la Federación Internacional de Contadores (IFAC),
recogió las opiniones anteriores reflejándolas, casi punto por punto, en su Guía
Internacional de Educación Nº 9.
En todos estos documentos se destaca una cuestión de gran relevancia: no basta
con conocimientos técnico-contables; es necesario que un profesional cuente con una
formación amplia, que le permita comprender el entorno general en el que debe desarrollar
su trabajo, e interactuar con todo tipo de personas; para lo cual es imprescindible que el
futuro profesional cuente con un desarrollo adecuado en capacidades de
(I) comunicación,
(II) intelectuales (o de resolución de problemas) y
(III) interpersonales (o de trabajo en grupo)
El debate en torno a un cambio en la formación en Contabilidad surge de una situación en
la que la evolución separada de las variables del entorno y la tendencia de la formación
en Contabilidad ha llegado a un punto en el que es necesario un cambio. La evolución del
entorno empresarial ha originado una mayor globalización de los mercados, un aumento de
la competencia y de la complejidad de las tareas. Por un lado los servicios prestados son
más diversos y abarcan más tipos. Por otro esa mayor complejidad, que se traduce en un
incesante incremento de normas y regulaciones, requieren del concurso de especialistas en
áreas concretas y dinámicas. Unido a ello se produce la invasión tecnológica y la
dependencia creciente de las tecnologías de la información. La situación esbozada
requiere de profesionales flexibles que sean capaces de adaptarse.
Debido al origen estadounidense de la mayor parte de los documentos que hemos comentado,
es posible (incluso necesario) plantearse la validez de esos planteamientos en otras
realidades socioculturales.
A este respecto, la percepción que he recogido, tras visitas y conversaciones con
profesores de diferentes universidades, llevan a pensar que este perfil no dista mucho del
indicado por estos documentos.
En España, está recién finalizado el proyecto (Prof. Arquero y Donoso) y en el Reino
Unido, el Accounting Education Research Group (del que forman parte los Prof. Hassall y
Joyce) está realizando una réplica del proyecto original español, dirigido a los
profesionales del CIMA, a los estudiantes y docentes universitarios de Contabilidad del
que ya disponemos de las conclusiones, que fueron presentadas en el Congreso realizado en
Braga, Portugal el año pasado:
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"El cambio constante a que está sometido el contexto en el
que el profesional de la contabilidad debe desempeñar sus tareas implica una necesaria
reorientación de la formación que reciben. Aunque las intenciones de los procesos de reforma
de los planes de estudio van en la línea de reducir la brecha creciente entre formación y
práctica, el conocimiento y definición del perfil de formación del que deriven los
objetivos educativos en contabilidad, es imprescindible para lograr este objetivo.
Del análisis de la literatura sobre esta cuestión, resaltamos el
acuerdo manifiesto en incluir determinados aspectos que no son estrictamente contables en la
formación del futuro profesional. La importancia de estos aspectos (capacidades de
comunicación, de trabajo en grupo y de resolución de problemas) se confirma con los
resultados de numerosos trabajos que recogen la opinión al respecto de profesionales y
docentes.
Los resultados de nuestro trabajo indican que los profesionales de la
contabilidad de gestión, miembros del CIMA (CHARTERED INSTITUTE OF MANAGEMENT ACCOUNTANTS)
perciben deficiencias de formación en una serie de capacidades que, en su opinión son de
gran importancia y cuyo desarrollo es una responsabilidad que la formación superior debe
acometer de forma integrada en los programas del área contable. Aunque las prioridades de
actuación varían según se centre en estudiantes de licenciatura o de precualificación, se
destacan especialmente las capacidades de comunicación escrita y oral, la de organizar y
delegar tareas dentro de un equipo de trabajo, la de hacer frente a demandas contradictorias e
imprevistas y la de afrontar la resolución de problemas desde una perspectiva
multidisciplinar.
Como implicación, las instituciones de formación superior deben afrontar el
reto de incluir el desarrollo de estas capacidades y conocimientos como un objetivo de
formación explícito y poner los medios para evitar o subsanar, en la medida de lo posible,
las limitaciones". |
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