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| Podemos ser más
productivos |
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Fue en el trabajo
manufacturero donde se originó el énfasis en la productividad. Adam Smith describió los
beneficios de la división del trabajo, y luego Taylor y los Gilbreth hablaron de los
movimientos inútiles, de los tiempos muertos y de los períodos de espera en que
incurrían las personas participantes del proceso de producción.
Hoy, en las oficinas, las redes informáticas son la forma de organización productiva. En
ellas, la incorporación de tecnología es incesante, acumulativa y, a veces, dispersa.
Una persona ejecuta varias tareas a la vez, con múltiples interferencias e
interrupciones, y por ello una correcta coordinación (mejora del timing) y la fijación
de prioridades para economizar tiempos representan formas ordenadas de encarar alzas en la
productividad.
Parafraseando a Smith, Taylor o los Gilbreth, hoy nos referimos al "agregado de
valor". El tiempo muerto o la espera no sólo no agregan valor: suman costo. Y como
todos los costos incluyen desperdicios, una actitud hacia la productividad implica actuar
en cada puesto de trabajo con la mira puesta en la continua eliminación de los
desperdicios.
Así, educarse y ser educado para la productividad es una materia que debe ser aprobada
todos los días en cada puesto de trabajo del país.
Es evidente que el método de estudio o de análisis que adoptemos para impulsar la
productividad en las oficinas no puede ser copia fiel del históricamente utilizado para
analizar la productividad en los sectores fabriles. Metodológicamente, las oficinas
modernas requieren un enfoque de mejora basado en el proceso (la forma en que circula la
información) y no sólo asentado en las tareas que ejecutan las personas.
Para los clientes de la nueva economía, aun las esperas cortas pueden parecer
prolongadas. Y el tiempo de espera (para recibir un producto o servicio, para ser atendido
en un mostrador, etcétera) está estrechamente relacionado con la productividad. Cada
unidad de tiempo de demora en cualquier tarea implica un costo creciente, y el gran
desafío de la productividad en las oficinas y áreas de servicio es atender velozmente a
los "nuevos impacientes", haciéndoles percibir realmente que su frustración es
decreciente y su satisfacción, creciente.
Esto es aplicable no sólo a los clientes locales, sino a una necesidad competitiva
impuesta por los compradores de todo el mundo. En la nueva economía del conocimiento,
globalizada y fuertemente informatizada, la brecha digital (entre personas o entre
sectores de una misma organización) conspira contra el alza de la productividad. Cuanto
menor sea la marginación tecnológica, mayores posibilidades tendremos de ser
-colectivamente, como país- más eficientes. Para Paul Krugman, "sólo la
productividad creciente puede hacer rico a un país". En una oficina, esa
productividad no crece sólo adquiriendo tecnología. Aumenta también si los que
intervienen en el proceso productivo se sienten parte de él, si sus hábitos y su cultura
hacia el trabajo responden a las necesidades de las nuevas épocas.
La combinación entre la inversión en tecnología de avanzada y la mejora y asimilación
de nuevos métodos de trabajo requiere un largo período de aprendizaje de toda la
estructura empresaria. La mejora de la competitividad del país y sus organizaciones debe
configurar el esfuerzo de todos los agentes económicos y sociales: empresarios,
trabajadores, entidades educativas y el Estado. Este último, en todos sus estamentos,
debe asimilar la productividad como una obligación ineludible.
Además de lo principal (el esfuerzo de cada empresa) no nos parece quimérico proponer la
creación de alguna entidad (Centro Nacional o Argentino de la Productividad, o como se
denomine) que nuclee a los sectores mencionados, lime sus diferencias, aproxime sus
coincidencias e impulse un movimiento hacia la productividad y la competitividad que
redunde en una simultánea mejora del estándar de vida de los argentinos que se sumen al
esfuerzo. Un imperioso desafío para los estadistas que vislumbren un país diferente. |
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Escrito
para LA NACIÓN del miércoles 2 de marzo de 2005
El autor es contador público. Autor de "Cambiar para crecer" (Sudamericana,
1998), ex juez del Premio Nacional a la Calidad y profesor de la UBA.
http://www.lanacion.com.ar/683886 |
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Fecha de publicación: 16/01/06 |
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