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Publicaciones - Consejo

Consejo Nº 5 - Noviembre 2008

Editorial
Los sueños... ¿sueños son?

Autor:
Dr. José Escandell
Presidente del CPCECABA
Solemos llamar sueños a aquellos deseos personales profundos sobre situaciones de orden personal, familiar, colectivo, social, profesional, institucional o de cualquier otro género, que sentimos como ideales pero que también apreciamos como de difícil, sino a veces de imposible concreción. La realidad suele presentarnos dificultades para ello. No obstante, nuestra condición humana nos va renovando el espíritu y nos permite transar con el medio y soportar las brechas que van apareciendo entre los niveles soñados y los razonablemente posibles de obtener.

Los sueños son así el motor de la vida. Las personas que no pueden mantener latentes sus sueños suelen caer en cuadros depresivos y, aunque se rodeen de corazas y de máscaras, no logran encauzar positivamente sus energías y sucumben ante la ausencia de esa fuerza de la que depende la visión del futuro.


En toda manifestación humana de carácter social, sean grupos, instituciones o aun la sociedad en su conjunto, sucede algo semejante. Pero en estos otros planos los sueños corresponden a niveles que hacen a lo que podríamos denominar “valores compartidos”, que actúan como aglutinante y fuerza de cohesión, identidad y pertenencia. La desorientación en el plano individual, cuando se resquebrajan los sueños, trasladada a estos otros niveles, provoca un debilitamiento de las fuerzas integradoras del conjunto que conduce a la fractura con la consiguiente puja y tendencia a la pérdida del sentido de un destino común y de la confianza en el otro. Mirado como un sistema, comienzan a tener un mayor peso las fuerzas entrópicas.


En la pérdida de los sueños colectivos sin duda tienen un papel muy fuerte los procesos de crisis, cuando su efecto perturbador debilita los mecanismos que mantienen unido al conjunto y se oscurece la visión de las referencias y sentimientos comunes.


Nosotros incorporamos sentimientos de pertenencia y luchamos por mantener las creencias en un destino común contenedor de nuestros anhelos, en el cual no sólo sea posible el propio desarrollo, sino también el de los seres que componen nuestro núcleo familiar y de referencia. Pero soportamos asimismo la conjunción de innumerables fuerzas que derivan de la crisis que caracteriza nuestros días y, dentro de la cual, la concurrencia de los factores enunciados, cuanto menos, nos provoca un debilitamiento de nuestros sueños.


En todos los planos comentados, empezando por el personal y terminando en el social, nos impregnamos de sentimientos de frustración que por momentos nos causan desazón y una gran incertidumbre, relegando u olvidando nuestros sueños, reduciéndolos a categorías de utopías. Observamos la realidad del mundo que vivimos y nos encontramos con que el poder, que en su esencia humana debiera ser el instrumento fundamental para canalizar la vocación de servicio hacia el bien común, pasa a ser un objetivo en sí mismo, como si su acumulación y el fenómeno emergente de la misma: la hegemonía, fuese por sí mismo un bien. Observamos la contrapartida de estos procesos, consistentes en la acumulación de recursos económicos para consolidarlos. Percibimos las desastrosas condiciones de pobreza y marginalidad a las que llevan como consecuencia inevitable.


Vemos como nuestras vidas pasan a ser meros juguetes de factores casuales que, de la mano de la inseguridad, pueden ser sesgadas en cualquier momento, y percibimos también el deterioro de las instituciones en decadentes procesos que privilegian el control de voluntades y coartan la sinceridad del pensamiento y la riqueza del confronte respetuoso de diversidades. Vemos la especulación inserta en el mundo financiero como si el dinero y la sofisticada e irreal profusión de los “instrumentos financieros” constituyesen la economía real, suplantando y desplazando la riqueza consecuencia de la producción y del trabajo. Todo ello ocurre con el concomitante deterioro de los valores, especialmente de aquellos que sostienen la concepción del desarrollo humano desde la construcción de una superación basada en el esfuerzo, la capacitación y la vocación de servicio.


Si nos dejamos ganar por estas tendencias negativas e incorporamos la creencia de que no tienen remedio y por lo tanto poco o nada podemos hacer, entonces convertiremos en realidad el título de este editorial: Los sueños, ¡sueños son! Pero, a poco que nos sumerjamos con sinceridad en nuestro propio ser, descubriremos que la frase anterior puede también ser un interrogante que puede tener una respuesta distinta. Si exploramos en nuestro alrededor, también podremos comprobar que la mayoría de nuestros semejantes anhela los mismos sueños que nosotros. Si sinceramos nuestra conducta, deberemos aceptar que quienes son agentes activos en aquellos procesos de desvío y control del poder son meramente ocupantes de espacios que los demás dejamos vacíos.


En definitiva, los sueños serán sólo sueños si no tenemos el coraje de luchar por su concreción y damos paso a la verdad sin ocultamientos ni solapamientos. Serán sólo sueños si no somos capaces de aunar esfuerzos, incluso desde la diversidad, en pro de perseguir los bienes mayores que ennoblecen a la condición humana. Serán sólo sueños si no podemos dar supremacía a la solidaridad como valor que guíe nuestras conductas y acciones. Y estas reflexiones son válidas cualquiera sea el ámbito al que se dirijan; son válidas en lo personal, en lo profesional y en lo social y su transformación para mutar la realidad requiere esencialmente la firme vocación de hacerlo y una inquebrantable decisión.


En el Consejo, hoy son momentos de luchar por nuestros sueños en muchos aspectos. Pero uno de ellos emerge como símbolo de esta coyuntura: el Congreso de la Nación seguramente terminará de sancionar el proyecto de ley que pone fin al régimen previsional de administración privada a través de las AFJP. Ya hemos señalado nuestra posición negativa frente a este proyecto. Hoy lo que cabe es hacer de esta adversidad, que pondrá fin a una actividad lícita de 14 años, que ha sido beneficiosa patrimonial y económicamente para la Institución y los afiliados a Profesión + Auge, una nueva oportunidad para conseguir mejores y mayores logros. Si se nos coarta esta posibilidad, que había nacido como una muy buena oportunidad de ofrecer una solución previsional a nuestros profesionales, transformaremos esa energía en nuevos proyectos que cubrirán también otras necesidades. ¡Mantendremos vivos nuestros sueños!


Concluyamos entonces que los sueños no son sólo sueños si de verdad tenemos la pasión por transformarlos en metas de nuestras vidas. Es nuestro desafío.

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