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Publicaciones - Universo Económico

UE Nº 68 - Octubre 2003
Las perspectivas del socio mayor del Mercosur
El éxito del marketing de Lula
A pesar de que el producto brasileño no crecerá durante el 2003, el consenso de los economistas hoy se inclina por vaticinar un mejoramiento del mayor mercado de la región para los próximos meses. En este análisis, Mailson Da Nóbrega, uno de los economistas más prestigiosos de Brasil, da su visión para el futuro del gobierno de Lula.

 

El gobierno de Lula continúa ganando popularidad a pesar de las malas noticias de la economía (impuestos elevados, disminución del PBI y aumento del desempleo).

Una reciente investigación de una consultora dice que su luna de miel debe extenderse hasta el momento más difícil de las tramitaciones de las reformas en el congreso, comprobando "que el gobierno ha sido muy competente en la administración de su imagen". Por lo que se vio de la participación de Lula en la reunión del G-8 en Evian, Francia, esa competencia se opera también en sus declaraciones en el exterior aunque son propuestas sin chances de materialización.


El discurso de Evian recuerda la época de la crisis de la deuda externa de los años ‘80, cuando los ministros de economía de los países más pobres de América Latina proferían amenazas contra el sistema financiero internacional durante las reuniones anuales del FMI y del Banco Mundial. Los ejecutivos de los bancos acreedores recibían los discursos con tranquilidad porque interpretaban que eran realizados for domestic consumption (para consumo interno). Nadie se amedrentaba, mucho menos ante los ministros del defenestrado Alan García, presidente del Perú, que había decretado la moratoria de la deuda externa con los bancos, los gobiernos y los organismos multilaterales. Con el país fuera del alcance de la comunidad internacional, sin capacidad de generar nuevas pérdidas, los discursos atraían mas por su excentricidad que por su contenido.


Brasil y México padecían los mismos problemas pero no podían adoptar un discurso irresponsable. Necesitaban obtener concesiones de los bancos –lo que habían conseguido varias veces– pero no podían poner en riesgo la continuidad de las líneas de crédito de comercio exterior. Más de una vez, los ministros de economía habían tenido que armonizar previamente el discurso en las reuniones convocadas para discutir la cuestión de la deuda externa.


Ese mismo riesgo no existía para otros ministros, que se beneficiaban políticamente con la amplia repercusión de sus discursos en sus respectivos países, en tanto los mexicanos y los brasileños eran acusados internamente de no tener "coraje y determinación" para confrontar con los bancos. Aquellos hundían todavía más la economía pero recibían el aplauso de la izquierda y de segmentos de opinión pública poco familiarizados con el tema. Solamente en 1987 Brasil se rindió al marketing de confrontación con los acreedores y decretó la moratoria de la deuda externa, que aún hoy nos genera costos.


Gobiernos militares que estaban perdiendo prestigio y legitimidad buscaban en el ataque a los acreedores un espacio por donde respirar políticamente. En el país, los últimos suspiros del régimen militar vinieron acompañados de democratización, de libertad de prensa y de una expectativa de aumento de bienestar. El ambiente era percibido como promisor, salvo para el equipo económico, que arrastraba los costos de la pérdida de dinamismo de la economía, de la inflación que comenzaba a desatarse y de la supuesta sumisión a los intereses de los acreedores.


Sería equivocado equiparar los discursos de Lula en el exterior con los pronunciamientos de esa época. El presidente conduce el país con firmeza y responsabilidad, al contrario de lo que entonces era la actitud de ciertos ministros y jefes de gobierno latinoamericanos. Sus discursos tienen todavía el mismo objetivo de producir efectos domésticos sin consecuencias prácticas en el orden internacional.


Se hace justicia si se dice que esa práctica corresponde también a otros presidentes. Hace pocas semanas, Alejandro Toledo, del Perú, propuso que una parte de la deuda externa con los países ricos fuera convertida en ayuda para combatir el hambre. Fernando Henrique (Cardoso) solía defender el "impuesto Tobim", una especie de tributo sobre las transacciones financieras internacionales propuesto por el premio Nobel de Economía James Tobim. Esta idea es impracticable, pero tenía su encanto y atraía la atención de periodistas menos informados y amantes de las utopías.


La propuesta que Lula presentó recientemente en la reunión del G-8 está en esa categoría. La idea sería crear un fondo mundial para combatir el hambre cuyos ingresos se generarían por un impuesto sobre el comercio internacional. Recibió aplausos de líderes como Jacques Chirac y ganó una gran difusión en la prensa brasileña. Como en el caso del “impuesto Tobim”, sería necesario crear un nuevo tributo en todos los países. Quien no se adhiriera podría atraer para su territorio parte de la industria armamentista.
Como era de esperar, la propuesta no fue acogida por el G-8, pero su respuesta fue registrada en forma mínima por la prensa escrita, no apareció en la T.V. y solamente fue comunicada por algunas emisoras de radio. La repercusión doméstica del rechazo de la idea fue así infinitamente inferior a la de la propuesta.


Para el gran público lo que se fijó fue la impresión de un presidente creativo y valiente, capaz de hablar bien a los líderes de los países más ricos del mundo. Y hasta es probable que los asesores presidenciales hayan tenido la ilusión de que la propuesta podría tener aceptación, pero lo cierto es que Lula obtuvo un nuevo tanto en su bien trazada estrategia de marketing político.
Este articulo de Mailson da Nóbrega fue producido por Tendencias Consultoria para el Sescon-SP (Sindicato das Empresâs de Serviços Contábeis, de Assessoramento, Perícias, Informaçoes e Pesquisas no Estado de Sâo Paulo – Brasil) y publicado en la revista Sescon-SP Año 15 Nº 170- junio 2003.

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